Cuando te recibís, casi todos queremos lo mismo. Acción. Juicios. Juzgados. La sensación de que la palabra, bien usada, puede ordenar el mundo.
Un profesor de derecho del CBC lo decía con crudeza y humor: “todos quieren la metralleta”. Y nos reíamos, porque sabíamos que hablaba de nosotros. De esa fantasía inicial de entrar al sistema a los tiros dialécticos, con argumentos afilados, causas justas y finales claros.
La matrícula llega nueva, sin marcas. El sello todavía no tiene historia. Hay algo eléctrico en esos primeros días: ganas de litigar, de “hacer justicia”, de demostrar que todo lo aprendido sirve para algo más que aprobar finales.
Nadie sale de la facultad soñando con plazos, mails, llamados, honorarios, silencios incómodos o esperas largas. Soñamos con el juicio que sale bien, con el fallo que llega rápido, con el cliente que agradece. Soñamos con el derecho como escena épica.
Nadie te dice que, después de esa euforia, hay un escritorio. Una computadora. Un expediente que no se mueve. Y vos, solo, aprendiendo a ejercer de verdad.
El primer aprendizaje no llega en forma de juicio ganado. Llega en silencio.
Llega cuando te das cuenta de que nadie te está esperando. Que no hay un camino marcado. Que el título no ordena nada por sí solo. Que el derecho, afuera de la facultad, no funciona por capítulos ni por materias.
Ahí aparece algo que no figuraba en el programa: estudiar sin que nadie te evalúe. Leer fallos porque sí. Volver sobre una norma que ya “sabías” y descubrir que en la práctica significa otra cosa. Entender que lo importante no es lo que dice la ley, sino cómo se está aplicando hoy.
También aparece la actualización constante. No la épica, la real. La que se hace entre escritos, audiencias y consultas. La que no se postea en redes. La que nadie aplaude. Esa que, si no la hacés, se nota rápido.
Y aparece otra cosa más incómoda todavía: el trato. Con clientes que no entienden los tiempos. Con colegas que juegan distinto. Con empleados judiciales que saben más del expediente que vos. Con peritos, mediadores, secretarios. El derecho empieza a parecerse menos a un discurso brillante y más a una trama humana compleja.
Mi primera audiencia fue un SECLO. Llegué antes, traje, carpeta prolija, papeles impresos como si eso pudiera protegerme de algo. El lugar tenía ese silencio raro de antes de que empiece todo, cuando todavía creés que vas a decir lo justo y que el otro va a entender.
Cuando levanté la vista lo vi. Era mi ex profesor. Para colmo, ex presidente del SECLO. No hizo falta que dijera nada para que yo entendiera que estaba jugando de visitante.
La audiencia empezó y en pocos minutos ya estaba fuera de ritmo. Él hablaba poco, medía los tiempos, dejaba espacios. Yo llenaba todo. Argumentaba de más, me apuraba, me afirmaba en cosas que creía sólidas y no lo eran tanto.
En un momento me di cuenta —tarde— de que me estaba dando vuelta como una media. Sin levantar la voz. Sin gestos. Con esa calma que solo tiene el que ya estuvo ahí demasiadas veces.
Me enojé. Dije cosas que hoy no diría. No porque fueran improcedentes, sino porque eran verdes. Más reacción que estrategia. Más orgullo que lectura del escenario.
Cuando terminó, junté los papeles despacio. Nadie dijo nada. Salí de ahí con una mezcla de bronca y vergüenza, caminando unas cuadras sin rumbo, tratando de entender qué había pasado.
No había perdido un caso. Había perdido una fantasía.
Después vinieron otras escenas parecidas. Colegas que te ven nuevo y se aprovechan. Silencios que pesan más que los argumentos. El famoso derecho de piso, que nadie anuncia pero todos cobran.
Así se aprende. No en la facultad. No en los libros. Se aprende ahí, cuando te das cuenta de que el derecho no se ejerce solo hablando bien, sino entendiendo dónde estás parado.
Hubo también un cliente que no pagó. De esos casos que hoy parecen obvios, pero en el momento no lo eran. Llegó recomendado. Siempre llegan recomendados. Hablaba rápido, mezclaba bronca con urgencia, tenía todo “clarísimo”. El caso era bueno —o eso parecía— y yo tenía ganas de trabajar. Demasiadas ganas.
Arreglamos honorarios. Un anticipo chico y el resto “cuando salga”. Confianza. Palabra. Apretón de manos. Error número uno, pero todavía no lo sabía.
Trabajé el caso. Horas. Escritos prolijos. Llamadas. Seguimiento. El expediente empezó a moverse y, con él, la ansiedad del cliente. Mensajes constantes. Consultas a cualquier hora. La misma frase repetida: “esto sale, ¿no?”
Salió. El día que salió me escribió entusiasmado. Agradecido. Me dijo que al fin podía respirar. Yo le respondí con alivio genuino. Pensé que lo peor había pasado.
Después vino el silencio. Primero leve. Un mensaje sin responder. Después dos. Después excusas: que estaba complicado, que la semana próxima, que recién había cobrado. Siempre algo. Siempre plausible. Siempre un poco más adelante.
Hasta que dejó de contestar del todo. No hubo pelea. No hubo discusión. No hubo escena. Solo la confirmación lenta de algo que nadie te explica cuando arrancás: que hay gente que paga, gente que paga tarde y gente que directamente no paga. Y que el entusiasmo inicial no garantiza nada.
Ahí aprendí otra cosa que no estaba en ningún programa: que el derecho también es saber poner límites, hablar de plata sin culpa y entender que la confianza no reemplaza a la claridad.
No fue una gran pérdida económica. Fue una lección cara en términos de ingenuidad.
Con el tiempo entendí que no era solo ese cliente. Era yo.
Yo que no había valorado mi tiempo. Yo que había trabajado de más y hablado de menos cuando tocaba hablar de honorarios.
Yo que confundía compromiso con disponibilidad total, y vocación con aguante.
Contestaba mensajes a cualquier hora. Releía escritos de noche. Reprogramaba cosas propias porque “el caso lo necesitaba”. Me parecía normal. Hasta admirable. Como si el desgaste fuera parte del mérito.
No ponía límites porque todavía no sabía que poner límites también es ejercer el derecho. Que decir “hasta acá” no es falta de profesionalismo, sino todo lo contrario. Que cuando no valorás tu trabajo, alguien más va a decidir cuánto vale. Y casi nunca a tu favor.
Ese cliente no pagó, pero me dejó algo. Una certeza incómoda: nadie cuida tu tiempo si vos no lo cuidás primero. Nadie respeta lo que vos mismo tratás como secundario.
No fue una lección que aprendiera de golpe. Fue más bien un desgaste lento, una suma de pequeños excesos normalizados, hasta que un día algo se corre de lugar y ya no vuelve igual.
Desde entonces, cada vez que arranco un caso, la pregunta no es solo si es viable jurídicamente. Es también si estoy dispuesto a sostenerlo como corresponde. Con claridad. Con reglas. Con respeto, incluso —y sobre todo— hacia mí mismo.
Con el tiempo, algo se acomoda. No de golpe. No mágicamente. Un día te escuchás hablar distinto en una audiencia. Otro día decís que no a un caso que antes hubieras agarrado. Empezás a explicar honorarios sin rodeos. A marcar horarios. A elegir mejor tus batallas.
No te volvés frío. Te volvés preciso. Seguís trabajando mucho, pero ya no desde la ansiedad. Entendés que ejercer el derecho no es correr todo el tiempo, sino saber cuándo frenar. Que no todo conflicto es tuyo. Que no todo cliente es para vos. Que no todo caso vale el desgaste que exige.
Ahí aparece algo parecido a la calma. No comodidad, calma. La de saber que no estás improvisando todo el tiempo. Que hay criterio. Que hay oficio. Que hay límites.
Si estás empezando y llegaste hasta acá, una sola cosa. No te apures a parecer abogado. Apurate a aprender el oficio.
Cuidá tu nombre. Cuidá tu palabra. Cuidá tu tiempo. Poné límites antes de que el sistema te los ponga a los golpes. Escuchá más de lo que hablás. Mirá más de lo que exponés.
Vas a perder audiencias. Vas a cobrar tarde. Vas a decir cosas que después no dirías. Es parte del camino.
Lo único que no conviene perder es el eje. Porque en el ejercicio liberal del derecho, cuando se pierde eso, no hay matrícula que lo compense.


