El mito de “ponerse la camiseta” nació como un símbolo de orgullo, pero en muchas empresas se convirtió en un mecanismo de control que empuja a los trabajadores al burnout. Lo que comienza como entusiasmo se transforma en agotamiento, cinismo e ineficacia, hasta derivar en un desgaste que no es casual: en algunos casos, es mobbing estructural, disfrazado de compromiso.
Mientras Recursos Humanos se reinventa como “Talento Humano” y repite que “la persona está en el centro”, en la práctica prevalecen la falta de límites horarios, la cultura del miedo y la desigualdad. El derecho laboral argentino ofrece herramientas claras —LCT, Constitución, Ley 27.555 de teletrabajo—, aunque persiste el vacío en la Ley 24.557. Sin embargo, la jurisprudencia ya empezó a reconocer al burnout y al estrés laboral como indemnizables.
La paradoja es que esta cultura no solo destruye personas: también arruina empresas. A corto plazo, la sobreexigencia puede mostrar resultados; a largo plazo, genera juicios, rotación y pérdida de talento. La verdadera dirección de empresas no se construye sobre cuerpos rotos, sino sobre trabajadores valorados y respetados.